10 cosas que aprendí de mis fracasos amorosos

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Híjole, eso de terminar las relaciones no está nada padre. A veces (ok, siempre), queda una sensación de pérdida.

Platicaba con una amiga sobre intentarlo una y otra vez y llega el punto en el que ya no sabes si tirar la toalla de plano o darle otro chance a alguien más. Y dártelo a ti.

Pero de las regadas también pueden haber ganancias y si bien en algunas cosas no hemos acertado, en otras sí. Como en ser más sabias después de estos fracasos amorosos.

10 cosas que he aprendido

1. Se requiere de reciprocidad

Para que una relación funcione se necesitan dos. ¡Basta de culparme! Como soy la que vivo conmigo, he tendido a tirarme al suelo y (aunque de dientes para afuera me queje del otro) asumir toda la responsabilidad. Yo con mis demonios, ellos con los suyos. Una relación no sucede por arte de magia (más allá de los cuentos de hadas o de las experiencias que ellos han tenido antes –pero que evidentemente no han funcionado, si no, ejem, no hubieran fracasado–), hay que cambearle para que funciones.

L-O-S D-O-S.

2. Debe haber esfuerzo

Los hombres necesitan sentir que se lo han ganado. Yo les daba mucho mérito, pero después de frases como “es que contigo todo es muy fácil” o ver cómo después de dos días el interés se volvía perder, empiezo a creer este mandamiento que libros, amigos y amigas siempre repiten.

3. A serme honesta

Una cosa es inventar historias y otra, no escuchar a la intuición que te advierte. Si bien las mujeres necesitamos decir todo y los hombres no, hay que parar a la loca de la cabeza. Pero también, si algo no nos suena bien, preguntarnos: ¿es mi miedo o en verdad hay algo que no está bien?

4. Exigir respeto

La violencia no sólo trata de golpes. A veces comentarios “de broma” pueden traer una carga agresiva que no voy a permitir. Una cosa es estar enojados y pelear y otra cosa es agredir con frases como “ya te ves vieja” o “suelta mi mano, no vaya a ser que la vecina nos vea y qué va a pensar”. Esas “bromitas” no entran en una relación sana. Además, el respeto a quien somos y qué pensamos. Las “bromas” sobre creencias y actitudes, no son aceptables; una cosa no estar de acuerdo y otra, burlarse.

5. A abrirme

Todos tenemos miedos y todos necesitamos distintas cosas. Hablar de eso que nos preocupa, buscamos, nos gusta y queremos es indispensable. No dar por hecho que el otro lo va a intuir. Y si bien hay muy mala prensa de que las mujeres somos sutiles y no decimos claramente lo que necesitamos, en mi última relación aprendí que ellos también: sigo sin saber qué quería, qué le molestaba y qué buscaba conmigo. No esperemos a que el otro pregunte: expresemos, comuniquemos, HABLEMOS. ¿Es nuestra pareja, no?

Pareja separada

6. Hay que comprobarlo

Si quieres conocer a Andrés, vive con él un mes. Pues más o menos. Hay muchas teorías que dicen que hay que conocer muy bien a una persona antes de andar, para “saber en qué te metes”. Yo he aprendido que no es necesariamente cierto. Una cosa es ser amigos y otra súper distinta, estar una relación. Cambiamos. Ellos y nosotras. Según un libro que leí, “al volvernos novios él me trata como su papá trataba a su mamá y yo lo trato como mi mamá trataba a mi papá.” Y aunque no sé si es totalmente cierto, las cosas sí cambian. Anduve con un fulano que fue amigo muy cercano durante muchos años y en cuanto comenzamos una relación dejó de hablar, por arte de magia. Es más, un día se fue sin dar explicaciones. ¿NETO? Lo hubiera esperado de todos menos de él.

7. Ante todo, claridad

Primero aprendes qué no quieres en una relación, al fallar. Luego, lo que sí quieres. Y después, ve por eso. No hay que perder el tiempo en “a ver si cambia” o “a ver qué sale” si desde el principio sabemos que esa persona va por otro camino. Ser clara/o con nosotros primero y luego con el/la otro/a.

8. A liberarme

Del pasado. Si bien quien soy es el resultado de todo eso que me ha sucedido, no puedo dejar que esos fracasos me definan. Y las sombras de las exes… uf. Tampoco se vale comparar al nuevo con el de ayer y… todos lo demás.

9. Soltarlo todo…

El control. El que está frente a mí tiene mucho (o poco) que ofrecer, pero ¿yo lo quiero? ¿Es suficiente para mí? Antes de querer que sea de una u otra manera, ¿quién es él conmigo, como novio? Si bien hay que dejarse sorprender, también hay que tener claro qué sí es necesario para ser feliz y qué… puedes dejar ir o no darle tanta importancia. Después de tenerlo claro, evaluarlo, de nuevo. En una relación intenté soltar mis ganas de “cariño físico”. De verdad lo intenté (él era poco afectivo). No, no pude. Para mí sí es necesario. Entonces era claro: él no es para mí y eso no hace que yo esté mal o que él esté mal. Seguramente yo encontraré alguien cariñoso y él a alguien a quien lo físico no le parezca importante. No soy esa persona. También hay que soltar “ser quien decimos siempre ser”, es decir: ser flexibles. Para que una relación con otro funcione, hay que ceder, negociar y, sí, ¡cambiar! Aunque griten y pataleen, no hacemos que el otro cambie, cambiamos nosotros mismos por el otro. Pero, de nuevo, ¿es negociable o no negociable? Yo no pude cambiar el ser cariñosa por él, pero intenté ser menos controladora en lo que él comía (¡porque era importante para él y yo podía soltar eso sin problema!). En este caso, él no hizo el esfuerzo real para ser más cariñoso. No quiso, no pudo. Yo no quise, no pude tampoco cambiar. ¿El remedio? Hay que cambiar de “él”.

10. A tener esperanza

No son fracasos sino acercamientos a quien realmente será para ti. Y con esto no me refiero a “el amor para toda la vida” sino a alguien más acorde a quienes somos actualmente (un amor, así, sin duración ni fecha de caducidad). Ya sé que es difícil cuando lo has intentado una y otra y otra y otra vez. Y a veces sí quieres tirar la toalla, pero ahora, por alguna razón, yo he aprendido a tener esperanza. Para mis amigas, para mí.

Es muy cómodo estar sola –tema para un artículo larguísimo— porque no hay nadie que esté ahí tocando las carencias o reflejos. Pero si realmente queremos estar en pareja, hay que chambearle. Si bien hay gente que ese tema lo tiene muy resuelto (evidentemente no ha sido mi caso), cada oportunidad que se presenta puede ser bien aprovechada o desperdiciada. Aprovechada para conocernos a nosotros mismos, para aprender y, en especial, ¡para disfrutar!

Cuando ya no la estamos pasando bien, ¿vale la pena invertirle? No importa si llevamos dos meses o 10 años, creo que el punto es crecer y disfrutar. No todo es felicidad permanente, pero si no te sientes feliz… ¿cuál es el punto?

Intentarlo una y otra vez deja una sensación rarita, lo sé. Muchas veces nos sentimos juzgados (o lo somos) porque “ay, ¿quién será el galán del semestre/año/trimestre/mes?” Y eso, nos limita. Pero es decisión nuestra porque es NUESTRA vida. Como leí en FB el otro día: Si cuando muramos nadie lo hará por nosotros, ¿por qué dejaríamos que los otros vivan nuestras vidas?

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