Las diferentes formas de amar

lenguajes del amor

La señora Oronda se está dando una oportunidad. Cómo le ha costado, caray. Como acompañantes de aventuras que somos, digamos que tengo visión VIP de lo que pasa en su relación, cabeza y corazón. Ambas corremos y nos contamos miedos y anécdotas y, metiche cual soy, me permito comentar ciertas cosas. Por ejemplo, sobre las formas de amar.

Don novio (ahora ya con título nobiliario) es distinto a ella (lo cual es normal) y hay comentarios que me han hecho poner atención en el punto.

Oronda es independiente, tiene mucho tiempo (MUCHO) sin una relación bonita y ñoña (pues sí, ni modo), hartos temores y ahora que le llegó este morro, no sabía qué hacer. Bueno sí: salir corriendo, como siempre. Alejarlo. Cerrarse las puertas. No hablar. Mejor irse.

Pero ahí va Lata y mete la cuchara: “a ver, quieres resultados distintos haciendo lo mismo de siempre. Pues no, Oron, no”.

Y que la Oron escucha. Que habla, que expresa y que se arriesga.

La historia de amor empieza y también, los pedos. Él le pregunta si “ella algún día se enamorará”. Y ella, siendo muy ella, no sabe qué decir. Se siente cuestionada y hasta mal.

Pero, en su historia, yo noté algo: las diferentes maneras de amar que tienen. Tomé de nuevo mi cuchara sopera y le serví una cucharada de: “necesitan hablar y expresarse qué es amar para cada uno. Él asume ciertas cosas y tú te lo compras todito.”

Cada uno tenemos una manera de amar y si no la recibimos, sentimos que no somos amados. Y el de enfrente es igual, pero no nos lo dice. Así que vamos por la vida, amando y siendo amados sin que nos demos cuenta ni el otro. Y entonces vienen los “es que no me quiere”, “es que no sé qué quiere”.

El problema está en la boca. No la abrimos.

“A ver, Oronda. Tú me acabas de contar que estás irreconocible: le diste control del portón (cosa que a nadie le habías dado), tiene cepillo de dientes en tu casa (tu primera vez) y le cocinas todos los días cuando ni para ti lo hacías. Esa es tu forma de amarlo. Creo que él espera que seas cursi, le digas “pastelito de azúcar” y “vamos a morir juntos como en el Titanic”. Pero él no tiene por qué saber que eso que haces por él es único y especial; que no lo acostumbras y que es tu manera de amarlo. Él no es adivino. Pero tú tampoco. Siéntate y pregúntale qué necesita para sentirse querido, apreciado. Y explícale cómo eres tú. Es MUY probable que él dé por hecho que tú cocinas para todo mundo, que no es big deal. Pero ¡lo es! Él no lo sabe, no tiene por qué. Quizá si él recibe un “mi amor” de vez en cuando hará toda la diferencia, pero tú no lo sabes, no tienes por qué.”

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Así andamos por la vida, bien perdidos y culpando al otro, en lugar de ver qué demonios estamos haciendo nosotros y qué NO estamos haciendo. No estamos hablando.

En el amor se necesita conocer el lenguaje propio. Y el del otro.

Así que Oronda va paso a pasito con don Novio, tratando de entenderlo. Yo observo y aprendo; no en cabeza ajena porque ya he pasado por ahí y no pretendo volver a cometer los mismos errores.

Deséenme suerte.

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