Dejar el control… ¿y eso, cómo se come?

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En algún lugar del manual para sobrevivir en las junglas modernas se escribió un capítulo entero sobre el “control” y cómo aferrarnos a él. Si no existe, entonces no entiendo por qué nos cuesta trabajo dejarlo ir.

Pero, ¿a qué le llamo control? A esa capacidad que ejercemos sobre el futuro para manipularlo a nuestro antojo. Si lo leemos suena tan… ¿absurdo? Suena como si tuviéramos poderes mágicos o, creo más bien, que fuéramos dioses, porque creo que ni con poderes mágicos podríamos hacerlo.

O ni siendo dioses.

Entonces, ¿por qué creemos que tenemos algún control?

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Bien, ok, el control nos ayuda a tener estructuras. ¿O será el orden?

Ok, el control nos ayuda a sentirnos seguros. ¿O será la preparación?

Ok, el control nos ayuda a estar relajados. ¿O será la buena planeación?

¿Para qué demonios sirve el control? Para estresarnos. Para escupirnos en la cara que no tenemos control de nada.

El control nos paraliza y nos hace muy infelices. Querer tener control nos hace ser rígidos, esconder emociones, dejar de ser espontáneos. Tener control estresa muchísimo y muchas veces nos traiciona.

Pero, ¿por qué insistimos? En especial de todas esas cosas que no dependen de nosotros. ¿Por qué creamos esas expectativas tan altas sobre algo que… es tan probable que salga como creamos como que lo haga de una manera totalmente distinta?

Y es que necesitamos certezas, porque la incertidumbre mata. Es tan humano querer control.

Tanto…

Así que hoy no escribo dando soluciones sino para abrir la puerta a la reflexión, ¿qué tanto necesitamos el control? ¿Podemos soltarlo? ¿Podemos vivir sin esa falsa e ilusoria certidumbre que nos da poder “manejar” un resultado?

Ya sé… ni que fuéramos dioses.

 

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