El Principito: una adulta leyendo un libro con monitos

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Desde el asteroide B-612

Los adultos tienen gran afición y respeto por los números. Cuando se les habla de un nuevo amigo jamás preguntan lo esencial; jamás inquieren: “¿Cómo es el timbre de su voz? ¿Cuáles son sus juegos preferidos? ¿Colecciona mariposas?, sino que preguntan: ¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos tiene? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre? Y cuando obtienen las respuestas a estas preguntas, creen que ya conocen a las personas.

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Iba plácidamente leyendo en una combi cuando un joven de unos ventitantos años me abordó: “Es El Principito, ¿verdad?,” preguntó. “Sí”. “¡Ah! Mi hermana lo leyó en la prepa.” “Deberías leerlo,” le dije.

Es extraño que me acuerde de la primera vez que tuve en mis manos este libro. No sé qué edad tenía (10 o menos) pero recuerdo el salón de clases, esa luz que era muy peculiar, única de ese colegio de monjas; de puras niñas; los pupitres, la sensación de estar ahí. Para mí leer era algo francamente aburrido; podía hacerlo si y sólo si había dibujitos en las páginas (soy muy visual), entonces el tener que leer se convertía en un martirio. Por supuesto que no tuve un maestro que me inculcara el amor por la lectura… bueno sí, pero hasta los 17 años. Me acuerdo que no entendía de qué iba ese cuadernillo con un zorro, una rosa con espinas y un niño güerito con capa azul y roja. Pero la SEP insistía que era lectura propia para jóvenes.

Hace tres años estaba en una de esas fases en las que sientes que todo va mal y un amigo muy cercano me dijo: “Corre a comprar El Principito y léelo”. Así lo hice. Claro, lloré de principio a fin. “Este no es un libro para niños,” pensé. Con todo y ojos hinchados salí radiante.

“El Principito” es una fábula extraordinaria, que nos deja con el corazón blandito blandito a todos aquellos que estamos dispuestos a creer en lo que el autor quería transmitirles a los niños. Ahora que lo volví a leer, sólo porque escuché en las noticias que venía un espectáculo basado en él, me cuestioné otra vez un montón de cosas.

¿Cuándo dejamos de sentir que somos curiosos? ¿Cuándo dejamos de tener esa emoción, esa imaginación?

Las personas mayores nunca comprenden por sí solas las cosas, y resulta muy fastidioso para los niños tener que darles continuamente explicaciones… Así he vivido solo, sin nadie con quién poder hablar verdaderamente…

El Principito cuestionaba, no respondía. Quería averiguar cada misterio, y más que nada, quería un amigo. Para él el mundo de los adultos no tenía mucho que ofrecer, todo parecía aburrido y sin sentido, ¡¿cómo era posible que no entendieran tantas cosas?!

Uno deja de ser niño demasiado pronto. Se nos olvida cómo pensar, cómo reír, cómo resolver las cosas lógicamente (con ese razonamiento que únicamente los pequeños tienen).

Este ser de otro mundo se la pasó de asteroide en asteroide, de planeta en planeta buscando, encontrando, preguntándose. Se encontró con hombres muy extraños, que se dedicaban a tareas francamente inútiles, aburridas. Para él, no había mejor regalo que una puesta de sol, una rosa y tener un amigo.

Y durante ese viaje va dejando un poco de él en cada uno de los seres que conoce. Pero también va aprendiendo, sobre todo, lo complejos y ciegos que somos los seres humanos. ¿Cuándo dejamos lo esencial?, ¿Cuándo nos enrolamos en todas esas tareas que creemos importantes y que son solo de relleno? ¿Cuándo dejamos de vernos a nosotros mismos? ¿Cuándo dejamos de disfrutar… de gozar?

El Principito nos lleva de la mano por una reflexión interna de nosotros mismos. Nunca es tarde para hacer una revisión de todo lo que hay ahí, guardadito, dormido. Por algo la frase más famosa del libro es una que el zorro le dice: “No se ve bien sino con el corazón, pues lo esencial es invisible para los ojos”.

Corre a la librería más cercana… ¡no puede faltar en tu biblioteca!

Y, justo hoy, me preparo para ver la película… que, según he escuchado, merece un post a parte.

 

Para Pablo, quien de alguna forma me regaló al Principito.

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