Cosas que hacen todas las madres: ¿también tú caes?

ridiculeces home

Por Lore Reyes

¡Oh no! Me he convertido en mi madre. Todo lo que critiqué de ella cuando era adolescente y de lo que me burlaba porque creía que era ridículo lo que ella hacía o quería que hiciéramos nosotros… ¡lo estoy haciendo! Bien me advirtió que ya lo pagaría cuando fuera madre, ahora yo hago esas cosas que hacen todas las madres.

Y es que parece que en cuanto nace tu hijo te inyectan una dosis de ridiculez que te obligará a hacer cosas que ni en tu peor borrachera imaginaste harías.

shutterstock_256231528

Estas son las cosas ridículas que TODA madre hace (te lo apuesto):

  1. Tomarles foto por cualquier cosa. Las redes sociales nos han convertido en monstruos. Antes nuestros papás nos tomaban fotografías en eventos especiales o una que otra en la vida diaria -como esa foto en la tina, donde estás encuerada y la que enseñaron a tu novio en turno ganándose tu odio-, pero ahora es de terror ver cómo le tomamos foto a la prueba de embarazo, al primer ultrasonido, al crecimiento de nuestra panza, al parto, al primer pelo, primer diente, primer sonrisa… e infestamos Facebook e Instagram de fotos de absolutamente todo lo que hacen nuestros hijos, sucesos que creemos dignos de hablarle a López Dóriga para que sea testigo y que al resto del mundo le parecen normales. Vamos por la vida con el celular en la mano “pescando” esos momentos en los que nuestro hijo sonríe más divino que un ángel, cuando comió por primera vez calabazas, cuando se cayó del columpio (ahí estamos tomando foto en lugar de recogerlo) o fue su primer visita al dentista. Sí, es ridículo, pero creánme, no vamos a dejar de hacerlo. Yo amo tomar fotos de mi hijo, y tal vez debería vivir las cosas a través de mis ojos y no por el ojo de la cámara pero amo ver fotos viejas, y darme cuenta de cómo ha cambiado y ha crecido. Ridículo o no, no dejaré de hacerlo. Sorry.
  1. Mostrarle al mundo lo talentosos que son. ¡Andale Fulanito!, cántale a tu tía esa canción que te sale taaan bonita! “Baila la canción de la abejita!” “Dile a tu abuela que ya saltas con un solo pie!” Y tu hijo con cara de “¡Mamá, por favor!… ¡no lo hagas otra vez!”. Así somos. Queremos que todos se enteren de los múltiples talentos de los que están dotados nuestros chamacos. Y no hablo sólo de los talentos que son visibles como los deportivos o académicos, sino de esos que son simplezas que a nosotros nos parecen presumibles: Que si ya lanzan el balón, ya cantan la Gallina Pintadita, ya dicen “Babá” o sea Papá, que si bailan como Michael Jackson aunque nadie adivine a quién imitan… pero los obligamos y queremos que a fuerza muestren todo lo que saben en la fiesta de la abuela donde hay 50 personas. ¿Por qué lo hacemos? Nosotros no somos capaces ni de contar un chiste en una sala con seis personas y queremos que lo hagan frente a quien sea, conocidos y no tanto, obvio para que vean lo especial que es nuestro crío. Ya lo sé, para nadie es más especial que para nosotras, y un día nos van a mandar a volar por estar con nuestras insistencias (jajaja).
  1. Llorar por todo. De verdad no tienen idea de cómo me burlé de mi mamá porque lloraba de todo y para que yo llorara estaba muy canijo, era de poca lágrima. Pues ahora lloro de cualquier cosa. Durante el primer festival del Día de la Madre lloré desde que vi a mi hijo salir a escena, como si estuviera ganando un Óscar. Salí con los ojos hinchados y el rímel corrido. Y así en cada situación: Si me dibuja muy lindo, si canta, si me dice una frase que lo hace parecer adultito, el primer día que lo dejé en el kínder, cuando salgo de viaje sin él, cuando logra algo, si me hace enojar y lo regaño horrible y después lloro en el baño de impotencia; por supuesto en cualquier festival, clase pública, cumpleaños… soy una máquina de lágrimas. Lágrimas ridículas de felicidad.
  1. Querer que sean perfectos, bien portados, limpios, guapos. Qué afán el nuestro el querer que los niños sean perfectos, ¡si nadie lo es! ¿Por qué ellos deben serlo? ¡Ah!, pues porque son nuestros hijos y no pueden fallar. Queremos que sean educados, sonrientes, elocuentes, sociables, que coman de todo, que hablen al año, que caminen a los 10 meses… y si no… ¡bueno, qué estrés! No saben lo mal que la he pasado por querer que mi hijo sea perfecto y que la humanidad lo note. Que nadie lo critique y por consiguiente ¡NADIE! se atreva a cuestionar mi papel de madre. Pues la mala noticia es que eso jamás pasa. La verdad puedo esforzarme diario, leer, informarme, ir a terapias, frustrarme, enojarme porque Arturo no es como los demás o AMARLO como es. De todas formas la gente habla.
  1. Decirles apodos y voces aniñadas en público: Conejito, bollito, cachito, chiqui, pichón, minimí, cachorro, cosita, princesa, pulguita y un largo etcétera conforman la lista de los apodos que le ponemos a nuestros hijos. Lo peor, se los decimos en público, con voces aniñadas y hasta canciones. Pasamos 9 meses pensando en el nombre del bebé para que esos apodos los acompañen por el resto de sus vidas, muchas veces muy a su pesar, pues no creo que le parezca divertido a mi hijo que a sus 18 años, frente a su novia, le sigamos diciendo “Pollis”.
  1. Cantar y bailar con ellos en cualquier lugar: Como si tuviéramos el ritmo de John Travolta, andamos por la vida bailando y cantando en cualquier lugar. No importa quién esté o dónde; si suena la canción favorita de nuestros hijos, bailen ellos o no, ahí estamos nosotras baile y baile, cante y cante. Parece ridículo pero me resulta altamente liberador. Mi hijo y yo tenemos una canción que es parte del comercial de una caricatura, y nos encanta. Cada que pasa en la tele, no importa lo que estemos haciendo, dejamos todo y lo bailamos. ¡Me gusta!, es una forma de decir: ¡Alto! Relájate un poco, baila, seamos felices.
  1. Chantajear a nuestros hijos. No eres mamá si no te tiras al drama de repente. Ser mártir es parte de… Hay frases célebres de madres a hijos, sobre todo cuando ya son adolescentes y te enfrentas a situaciones más complejas que una pataleta en el súper. Frases como: “Yo que he dado todo por ti y así me pagas”, “No te preocupes por mí, vete yo veo cómo le hago”, “Si te pagaran por hacerme enojar, serías millonario”, “Ya verás cuando seas madre”, “¿Ahora sí te acordaste que tienes madre?”. A todas en algún momento nos entra el Síndrome Marga López y andamos sufriendo a lo tonto por cosas que los niños hacen… y que TÚ HICISTE, así que no te quejes.
  1. Limpiar y curar con babas. Al ser mamá, automáticamente tu saliva se llena de poderes curativos y antisépticos, y la ciencia debería avalarlo de una buena vez ¿A poco no? Limpia bocas sucias, sana heridas, quitamanchas de la ropa, puede acomodar un poco de cabello rebelde, peina cejas, bolea zapatos… es un producto orgánico, natural y súper barato, jajaja. La verdad es que aunque tengas cerca las toallitas húmedas -que por cierto, es de los mejores inventos-, la primera opción siempre será la saliva. No lo niegues, lo has hecho.

Como ven, ser madre es todo un arte, perfectamente complejo y lleno de contrastes, absurdo, hermoso, ridículo y serio a la vez. Ser madre hace emerger lo mejor y lo peor de tu personalidad pero al final, es la etapa de la vida que más se disfruta. ¿O no mamás?

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *