Ser hija de familia: ventajas y desventajas

familia feliz

Por Aydeé Treinta

Muchas de nosotras, cuando éramos niñas, soñábamos con ser adultas y dejar de rendirle cuentas a nuestros padres, poder llegar a la hora que se nos diera la gana e incluso no llegar; hacer lo que quisiéramos a la hora que quisiéramos… en pocas palabras SER LIBRES. Muchas, estoy segura, que imaginábamos ese momento de ser las dueñas de nuestro destino y dejar de seguir las “injustas”, “pesadas” o “ridículamente estrictas” reglas de nuestros padres. Yo también lo hice y me les rebele varias veces. A los 17 años fue la primera vez, a los 24 la segunda, y la tercera a los 29. Y las tres veces me mega arrepentí de haber renunciado a mi derecho y privilegio de ser una hija de familia. Aquí les cuento por qué.

 Adulta hija de familia

“Amo su inocencia”, 17 años

Estaba en la prepa, harta de seguir reglas. Siempre fui estudiante de 10 y muy obediente, mis papás me dejaban ir a fiestas y podía regresar tarde porque mi mamá iba por mí. Obvio, como adolescente tonta que era, eso me MOLESTABA, me estorbaba mi mamá, y si alguien quería que acabando la fiesta nos fuéramos a otro lado, el hecho de que mi mamá estuviera ahí me hacía enojar. Mi “problema” era que ella y mi padre me mantenían y por eso tenían el derecho de decirme qué hacer, así que yo –muy abusada– me busqué un trabajo que me hiciera “independiente”.

El que busca encuentra, dice el dicho, y pronto tuve un trabajo con un salario “fenomenal”… que no servía ni para pagar la cuenta de las horas que pasaba al teléfono, pero como ese dinero me hacía sentir valiente, me le rebelé ante mis padres y les dije que de ahora en adelante yo mandaba en mi vida. Mi mamá hizo un berrinche tremendo (con justa razón) y mi padre dijo, “Ah, ¿sí?, perfecto. Puedes ser “independiente” siempre y cuando vayas bien en la escuela, si fallas, adiós apoyo para tu escuela. Casa y comida tienes, pero estudiar olvídalo”.

Empecé a ir a trabajar y luego de ahí me iba a la escuela. Mi empleo estaba lejísimos y perdía horas en el transporte, nunca tenía tiempo suficiente para hacer la tarea porque, además, mi tiempo también estaba dividido en ponerle atención a un novio híper ASFIXIANTE que tuve en esa época, y al cual yo me aferré porque “Era mi vida”. Cada que mi madre me decía algo de ese muchacho yo me aferraba más. Resultado: seis materias reprobadas, perdí mi lugar en esa escuela y parte del apoyo económico de mis padres. En esa época yo decía que me habían “abandonado”, cuando, a pesar de mis tonterías, seguía contando con un techo y comida, además de su amor. En esa época nunca pude verlo, pero si yo hubiera seguido sus reglas –las cuales eran impuestas con AMOR– mi vida quizá sería otra cosa. La libertad es algo muy peligroso si no sabes qué hacer con ella.

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“¿A quién le importa lo que yo haga?”, 24 años

A esta edad ya estaba más establecida, trabajando en forma. Ya un poco más recuperada de mi desastroso primer intento de emancipación, que me costó mi lugar en una buena escuela. Tuve que estudiar la prepa abierta y estudiar carreras técnicas que me permitieran pagar parte de mis estudios, porque mi padre sí que cumplió su palabra y me hizo pagar parte mis estudios para que viera lo que costaba prepararse. La casa y comida siempre las tuve, pero nada más. Y digo parte de mis estudios porque mi madre me daba dinero para algunas cosas o me compraba ropa para que su hija anduviera vestida decentemente; con mi raquítico sueldo de recepcionista apenas me alcanzaba para parte de la colegiatura y mis pasajes.

Cuando era hija de familia a los 16 e iba a la prepa me alcanzaba hasta para ir al cine con mis amigas, comer en la calle, comprar maquillaje, revistas y discos; literal, me daba la gran vida y lo único que tenía que hacer era estudiar y obedecer reglas básicas, pero me fue imposible y ya saben cómo me fue. Cualquiera diría que aprendió la lección pero, ¡ahhh!, el ser humano repite el mismo error, es parte de nuestra naturaleza necia.

Conocí a un hombre genial del cual me enamoré. Las hormonas hicieron de las suyas y me costaba mucho tan siquiera separarme de su lado. A los 24 ya ganaba más dinero y mis padres ya sabían que virgencita pues no era y me empecé a quedar en la casa de este muchacho a pesar de que mis padres no veían esto con buenos ojos. Los reté de nuevo e incluso me atreví a decirles que a nadie más que a mí le importaba con quién o a dónde dormía… Qué idiota era.

Un día, antes de cenar, el padre de ese chico me dijo: “Mi hijo es hombre y él no pierde nada, por mí no hay problema si quieres quedarte”. Esas palabras se me quedaron muy grabadas, se me hizo algo muy machista de su parte, pero yo estaba tan enamorada que mejor lo ignoré, grave error.

Bien dicen que más sabe el Diablo por viejo que por Diablo y era cierto. Ese hombre a pesar de que me adoraba, nunca pudo valorar el hecho de que yo me quedará con él y perdió el interés por mí. Aunque yo aún vivía en casa de mis padres, ya parecía esposa de ese chico, y eso definitivo modificó mucho la relación. Si hubiera hecho caso a lo que mi madre me decía de no ponerle las cosas tan “fáciles”, y que este chico viera que yo aún era hija de familia y merecía un trato lindo y caballeroso, quizá todo hubiera sido muy distinto. La verdad es cierto: al que quiere azul celeste, le tiene que costar.

cómo salirme de mi casa

“Puro, puro chantaje”, 29 años

Yo tenía casi todo: amor, salud, una chamba muy buena que me daba para vivir una vida de soltera hiper divertida con fiestas y paseos, un novio espléndido y ultra consentidor que amaba con locura, y unos padres que ya habían hecho las paces conmigo después de mis desastrosos intentos de emancipación. Pero la tercera es la vencida, y antes de cumplir 30 años se me ocurrió que ya era hora de vivir sola, y que por fin iba a saber lo que era ser dueña de mi vida.

Mi madre y mi padre de vuelta volvieron a hablar conmigo y me dijeron que eso estaba padre pero que ahorrara primero, que me hiciera de un patrimonio y me comprara cosas poco a poco, como ellos. ¿Y yo? ENFURECÍ. ¿Estas personas nunca iba a dejar de meterse en mi vida?

Me rebelé de nuevo, y con el “poder de mi firma” me compré TODO lo que me dio la gana, y me fui muy feliz a vivir mi vida “libre” a mi nueva casa equipada.

A los tres meses de iniciada la aventura de montar mi nuevo hogar tuve un grave problema laboral-personal y perdí mi chamba. Estaba llena de deudas, y la única opción era volver a la casa materna y reconocer mi error. “Ni madres, primero muerta”, pensé. Pero EL HAMBRE es canija y me hizo volver a medias: como me quedé sin empleo, sin hígado, debido a los problemas que tuve, y sin ganas de volver a trabajar en otra empresa, puse un changarrito que me dio lo necesario para, por lo menos, comer e irla pasando en lo que me recuperaba del duro golpe emocional -y a mi ego de “Soy ultra chingona-.” La ironía: puse el changarrito en casa de mis padres.

Después de un chantaje mega, bajo el argumento de “Soy tu hija y si tú no me ayudas, ¿quién?”, aceptaron no cobrarme renta por ese cuarto para poner mi estudio. Hoy en día me pongo mal sólo de recordar esa escena tan patética.

En esa época aprendí a valorar hasta un plato de sopa caliente, un taco de guisado, un saludo o un abrazo. Cuando tenía miedo o coraje y estaba sola en mi casa nueva –recién equipada con créditos impagables– y tenía ganas de hablar con mis papás y ellos estaban lejos, maldecía la pinche hora a la que se me había ocurrido dejar de ser hija de familia y alejarme de su lado.

La libertad es algo muy subjetivo, yo he conocido muchas personas que se precian de ser “libres” pero que sin la ayuda económica o moral de su familia están perdidas.  A veces los padres ni cuenta se dan porque en su infinito amor ciego cuidan de sus críos, tengan 1 día de nacidos o 99 años. Les cuidan a los hijos, les dejan usar sus cosas, vivir de a gratis con todos los servicios, les “adelantan la herencia” para que inicien negocios o hasta les dejan su casa y su libertad con tal de que sean “independientes.” Y uno todavía se atreve a enojarse y ponerse pesado porque se “atreven” a meterse en nuestras vidas y nos exigen ciertas conductas y obedecer ciertas reglas.

Espero esto no se mal interprete como una invitación a vivir por siempre con tus papás, más bien es mi testimonio de que nos quejamos a veces mucho de algo que en realidad es un privilegio: el papel de hija o hijo de familia, el cual te permite el privilegio de tener el amor, regaños, consejos y apoyo totales de tus padres y que es algo que se valora MUCHO cuando la vida te da unas cachetadas.

¿Quieres dejar la casa paterna? Estudia, ahorra, prepárate para lo peor y para lo mejor de esta vida, porque Dios se ríe de nuestros planes y tú que hoy crees que te comes el mundo a puños, mañana te ahogas en un vaso de agua o en un océano de lágrimas.

Allá afuera hace muuucho frío así que piensa muy bien antes de poner un pie afuera de esa casa, y si ya te saliste, por favor salte bien o por lo menos valora que tu familia te siga apoyando como su hija que eres. Cuando tengas un hijo o cuando te vaya de la chingada entenderás lo súper afortunada que eras o fuiste de tener por lo menos a uno de tus padres ahí cerca, protegiéndote como hija o hijo de familia.

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