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Lo que nos dicen que teníamos que haber hecho

Lo que nos dicen que teníamos que haber hecho

Hace unos días platicaba con un amigo sobre la envidia: esa que pulula en muchísimos seres humanos y que, creo yo, es muy natural. Claro, si no dejas que te destruya, paralice y enoje. Pero ese es otro cantar.

El punto es que muchas veces nuestras vidas generan envidias y eso tiene que ver con las expectativas. Y los cuentos que nos dijeron y luego nosotros mismos perpetuamos en nuestras cabezas.

Ya saben: el para los 30 ya deberías de tener al menos un hijo. A los 40 una estabilidad económica, una casa propia, el perro y los niños que saquen puro 10. A los 50 chicos graduándose de prepa o universidad, la foto del orgullo y un cuerpo (o una esposa con un cuerpo) tonificado y aún firme. A los 60 el retiro feliz, con la casa de campo y una caña de pescar en la mano.

Pero, ¿la realidad es así?

Pocas veces.

He visto que las personas jubiladas muchas veces están frustradas. La ansiedad y la depresión se apoderan de sus aún fuertes cuerpos, de sus aún curiosas y lúcidas mentes. Se sienten desaprovechadas, sin una finalidad, un objetivo. Inútiles. Tengo una vecina que siempre me dice “Cris, dame trabajo. Todavía puedo hacer muchas cosas.” Se me rompe un poco el corazón porque sé que es cierto. Si quisiera una asistente (para algunas cosas), definitivamente la contrataría a ella.

Son jóvenes y esa imagen de la casa de campo con la caña de pescar o la abuela criando nietos en su mansión divina es más bien imagen de película de Hollywood.

Ok, ok, seguramente hay gente que sí lo ha logrado y son ellos los que a veces generan envidia a montones.

Pero, ¿por qué sentimos envidia? Si nuestras vidas aún podrían tener muchos logros, muchas experiencias fantásticas y planes infinitos. Solo que no los vemos, no los reconocemos, porque todo eso que nos contaron no sucedió tal cual y entonces nos sentimos incompletos. Fracasados.

También tuve la visita de mi mamá y entre cariños, me decía cosas muy lindas. Y otras que le dolían, como que yo aún no hubiera encontrado a una pareja duradera (ya saben, alguien a quien a estas alturas llamara “esposo”). “Han sido muy tontos. Ellos se lo pierden”. Y entonces le dije: “Tal vez no es para todos. Yo no estoy dispuesta a aguantar chingaderas, y el no tener un “esposo” es el precio que, quizá, he tenido que… “pagar”. “Pero tienes una vida muy linda, mijita”, me dijo. “Sí, ma. Y está muy bien. Me gusta mi vida. Y repito. Si eso no es para mí, está bien por mí. En serio, he visto tantas parejas que tienen que soportar cosas horribles con tal de llenar el requisito. Y… yo no estoy hecha para eso. No lo tolero.” “Sí, claro. De esas cosas a estar sola, es mejor estar sola porque estás muy bien así. De verdad lo veo y lo sé. Porque, además, no tendría que ser cualquier hombre el que esté a tu lado. Tiene que ser alguien muy especial. Y… bueno, los hombres…”

Fue una plática muy bonita, muy sentida y muy honesta. Las dos lo creemos, pero también vi tristeza en su mirada. Porque sabe que ha habido épocas en mi vida en la que sí he deseado mucho una pareja. Y que lo he intentado con ganas y con estrepitosos fracasos.

También tienen que ver esas historias que nos contamos y seguimos contando. Perpetuando. El deber ser. El heredar el apellido y poblar esta tierra. El instinto animal sumado a la fantasía de las novelas románticas y las historias que se cuentan de generación en generación. Y lo que creemos ver.

Porque no vemos la foto completa. No vemos lo difícil que es vivir en pareja, lo que se cede, las tentaciones, las frustraciones, los acuerdos y desacuerdos. No se ven las desilusiones, los maltratos, las traiciones. Los compromisos y sacrificios que se hacen con tal de no separar a la familia o “dar de qué hablar”.

Nadie nos dice que la vida es más larga de lo que era antes y que seguimos evolucionando. Que está bien que haya cosas “hasta que la muerte nos separe” y otras no. Para unos y para otros. Que existan nuevas formas de familia que incluyan a una persona únicamente, sin más. Que los logros y la curiosidad seguirán creciendo en la mente hasta que pierdas lucidez y las ganas de crear pueden terminarse a los 20 o a los 88. Que es mejor seguir evolucionando y si estás en pareja, hacerlo así… y si no estás en pareja, no está mal. Tampoco está mal estar casado por tantos años y tener baches. O dudas.

No nos dicen que cada quien tiene razones de alma que le dan felicidad, para algunos se llaman emparejarse, para otros tener hijos, para muchos más viajar, otros crear en un cuarto encerrado. Habrá a quien la soledad por largos ratos le traiga gozo mientras que a otro ayudar a extraños le dé dicha.

Nada está escrito y así debería de enseñarse. Estas deberían de ser las frases que se deberían de cantar en coplas, que deberían leerse en poemas y memes de social media. Para que así, en lugar de envidiar lo que no se tiene, nos concentremos más en seguir produciendo lo que sí nos llena el alma, las entrañas y el corazón.



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