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Los papás de esta Era

Hombres que nos acompañan en este camino maternal.

Por Lorena Reyes

Recuerdo que mi papá era un superhéroe para mí. Nadie tenía un papá como yo, que jugaba con los niños en las reuniones familiares mientras el resto de los papás presentes empinaban el codo o cantaban canciones de la D’Alessio o José José. Era atento, presente, muy responsable; pero a ver, pregúntale si alguna vez me cambió el pañal o se quedó despierto una madrugada cuidando mi fiebre.

Se salvó de la pregunta porque ya no vive, y seguramente desde el cielo estará feliz de haberse librado de que mi mamá le recordara que nunca ayudó con las labores del hogar.

Los papás de antes (o al menos los que yo conozco) eran más bien una clase de proveedor y de figura amenazante, en el sentido de que si te portabas mal todo el bendito día y tu mamá ya no podía contigo al grado en que la chancla voladora ya no hacía efecto, la mejor forma de hacerte entender era diciéndote: “Ya llegó tu papá, ahora sí vas a ver”, pero para mala suerte de mi mamá, mi papá jamás ¡jamás! me regañó. Al menos no en la infancia.

Eran señores muy formales, vestidos de traje y corbata a diario, que trabajaban en grandes empresas 8 horas diarias, que nos llevaban a la escuela, nos compraban premios por las calificaciones, se sentían orgullosos de nuestros logros, hacían rabietas por lo caro de los útiles y uniformes, nos amaban muchísimo, pero que jamás metieron ropa a la lavadora o plancharon su camisa. No importa si nuestras madres estaban “hechas bolas” con 3 o 4 chamacos, tareas, cena, enfermedades; ellos llegaban a ver el resumen de los deportes con cubita y cacahuates en mano. Canijos.

Ahora los hombres son más “ayudadores”, no sé si por el efecto de la globalización, la tecnología, la igualdad de sexos, los rayos ultra violeta o qué, pero para nuestra fortuna, estos hombres que elegimos son “bien entrones”.

Mi marido, desde el día que nació nuestro hijo, cambió pañales, lo bañó y hasta hoy limpia pompas, vómito o mocos y siempre está preparado con pomaditas, antisépticos y banditas, en la pañalera que por cierto, él siempre trae cargando cuando salimos. Trae la tablet llena de apps para que el niño juegue memoria, aprenda a cuidar a un perrito o pueda ver algún capítulo de súper héroes.

Si nuestro hijo se enferma, se queda despierto conmigo, aunque cabecee cada tres minutos pero la solidaridad ahí está, y aguanta mi aprensión, angustia, mal humor y ganas de llamarle al pediatra cada media hora, estoicamente. Lava ropa, la dobla, identifica en qué cajón va cada cosa y deberían verlo lavar trastes.

Me he convertido en observadora (o ¿metiche?) y me fijo en las fiestas, en las plazas o en los restaurantes cómo ahora los papás se involucran de verdad. Empezando porque ahora nos acompañan a las visitas del ginecólogo, a los ultrasonidos 3, 4 y 5D; son parte del Baby shower, y por supuesto, están en el parto con la cámara lista aunque a la mera hora no puedan tomar ni una foto. Tal vez esto los ha hecho sentirse parte de todo y disfrutan serlo.

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Los veo aplaudiendo en los festivales, llevándolos solos a las fiestas de los amiguitos de la escuela, jugando con ellos en el piso, limpiando mocos, curando heridas, leyendo o inventando cuentos, preparando mamilas, abrazando y besando a sus niños. Eso me llena de gusto y no en el sentido feminista (o maldita) de verlos sufrir cambiando pañales mientras nosotras estamos sentadas platicando con la Juana, sino en el de ver que estamos juntos criando personas más felices y seguras.

No quiero decir que los papás de antes eran flojos o desentendidos. NO. Es solo que antes los roles mamá-papá estaban muy marcados y definidos. Ahora le entran o le entran, porque nosotras trabajamos fuera de casa y dentro de ella: criamos, somos esposas, chefs, psicólogas, nanas, choferes, enfermeras y todo en 24 horas.

Agradezco muchísimo a mi marido por estar conmigo en esta etapa, no sólo como observador sino como una persona que de verdad me respalda. Señoras, hagan lo mismo.



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