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Por ti, sigo creyendo

Por ti, sigo creyendo

Por culpa de Raúl Mejía me dieron ganas de volver a bloguear como se hacía antes. Bueno, como una columna, así, de esas en las que cuentas un poco tu vida y con las que la gente se identifica: “claro, a mí también me pasó”.

Y les voy a contar una historia bien linda, cortita pero linda. No sé por qué se me dan esas historias, alocadas, como de telenovela. Muchas veces efímeras. Ayer la recordé. La recordamos, pues.

 

Ustedes saben que en la búsqueda del amorts en el siglo XXI hay varias opciones y entre esas están… no, no Tinder, lo anterior a esto: los sitios web en donde las tripas cibernéticas hacen la matemática necesaria para emparejarte con tu señor o señora más compatible.

 

Entonces ahí voy, a meterme a la cosa esa con la esperanza de que ahora sí, don algoritmo hiciera lo que yo no había sabido hacer: elegir con inteligencia.

 

Ya se imaginarán el final, pero lo que no saben es el intermedio.

 

Supe de este sitio por una conocida (con la que coincidía en muchos eventos). “Te ponen el porcentaje de compatibilidad, con lo que ya sabes a qué le tiras. Yo nomás acepto a los de 70% y tengo una amiga que nomás a los 90% compatibles”. Algo así me dijo. Y, más rápida que un rayo, en mi celular y con mi red Telcel (íbamos en carretera) me metí.

 

Fue muy divertido hablar de mí en decenas de preguntas. Que si prefieres el chocolate caliente al té de menta (¡qué difícil elección), si chones largos o cortos, si duermes del lado derecho o izquierdo. Todos unos profesionales.

 

Al final, empecé a ver mis posibles matches y a darle “me gusta” a los más guapos. Pues sí, ¿para qué miento? También tengo que confesar que no recuerdo la dinámica, pero voy a novelizarlo un poco para que no se me aburran, ya ven que esto de los textos largos en la internet nos cuesta trabajo.

 

Hablé con varios, casi todos extranjeros porque había pocos nacionales utilizando ese sitio. Ni recuerdo de qué hablaba y con quién, pero justo cuando estaba a punto de renunciar y aventar el teléfono por la ventana de mi casa (ya no iba en carretera, ¿cómo creen?) me salió su perfil. Lo que escribía era interesante y sin darnos cuenta nos enviamos un montón de mensajes.

 

No le cuenten a él, pero no recuerdo cómo nos conocimos. Pero el punto es que nos conocimos e hicimos clic. Nos caímos re bien. No recuerdo si fue cuando… sí, fuimos a ver Games of thrones en cine. Leen bien. El caballero en cuestión nunca había visto la serie y ahí lo tienen, poniéndose al corriente para ir conmigo, mi mejor amiga y su marido al cine. Los tres somos bien fans, así que pedimos hasta nuestras pelucas rubias y nuestros dragones a Amazon para la función. Vieran lo guapo que se veía Enrique de Khaleesi (el esposo de mi amiga, aclaro).

 

Total, que ese día fue fantástico. Nos la pasamos tan bien. Me gustó. Me gustó mucho. Todo, incluyéndolo a él.

 

Y quedamos para volver a vernos.

 

Yo tenía un evento, él tenía que ver a sus hijas, así que la hora perfecta era ya noche, después de que los dos termináramos nuestro compromiso. Él pasaría por mí a ese evento súper fifí y yo, en elegante, lo esperaría platicando con mis colegas, entre ellas, aquella muchacha que me habló de la aplicación. Fue una casualidad verla, de hecho, yo ya iba a encontrarme con mi cita y tuve que regresarme a mi asiento porque había olvidado mi capa. Y justo ella acababa de llegar.

 

En dos segundos nos saludamos y de volada empezamos a compartir experiencias, “¡justo estoy por encontrarme con alguien de la página!”, le dije. Me habló de un chavito de otro país, con el que parecía entusiasmada, de algunas citas fallidas y de un chavo que prometía y que vería al día siguiente (o algo así).

 

Ajá.

 

Le pregunté su nombre.

 

Ajá.

 

Ya saben lo que pasó.

 

Era él.

 

Fue rarísimo. Es de las cosas más raras que me han pasado. Ella hablándome de lo bien que se llevaban y él esperándome en la puerta.

 

Le dije: “lo conozco, es buen pedo. Justo lo voy a ver… ahorita.”

Las dos nos quedamos mudas.

 

Y salí.

 

Ahí estaba, en su jeep blanco. Divertido jeep blanco. Lo saludé sintiendo un hueco en la panza. ¡Era tan raro!

 

Se lo solté: “tengo que decirte algo. Vas a salir con una amiga mía”. Su cara fue épica, “te juro que sospeché que podría pasar algo así cuando me contaste a qué te dedicabas… ¿Te molesta?”.

 

Chale.

 

¿Me molesta? ¡Obvio! Porque me encantas y la paso increíble contigo, pensé. Pero es totalmente legal, estamos en las mismas. Yo podría estar saliendo con más… aunque pues el catálogo no es nada bueno, y pues no. Y miles de cosas pasaron por mi cabeza en un segundo.

 

“No sé qué decirte. Estás en todo tu derecho.”

 

Para los dos era rarísimo. Como un mundo paralelo. Para los tres, pues. A ella también le pasó esa sensación rarísima.

 

Claro, una piensa que cuando conoces a alguien que te gusta va a detener su mundo entero (su búsqueda, I mean), porque te encontró. Lo cual es… poco probable.

 

No dejamos que esto nos arruinara la noche, no… pero sí un poco lo que podría suceder.

 

Y no fue todo. Después, vino un sismo y lo cambió. Nos cambió pero más a él. Y a mí, el movimiento de la tierra, de emociones y de todo me trajo a otra persona. Eventualmente a él, a otra más.

 

El tiempo pasó y casi se diluyó esa amistad. De vez en cuando hablamos. No recuerdo para qué fue la última vez que hablamos pero esta vez ni alcancé a decirle para qué lo necesitaba (algo profesional). La plática se fue hacia lo bien que nos la pasábamos juntos (chateando y en persona las pocas veces que nos vimos), lo mucho que nos gustamos y lo maravilloso que pensamos que es el otro.

 

Cada quien con su vida actual, compartimos esa nostalgia de lo que no fue. Esa es la mejor nostalgia, porque es platónica y siempre será ideal. Pero lo recuerdo, carajo, como un ser increíble. Recuerdo esa tarde increíble con mis amigos (y hasta ellos lo recuerdan con un cierto “qué buena onda era ese tipo… otra vez, ¿por qué no están juntos?”), la sensación de estar con él, y, lo más raro: su energía. Me daba paz. Daba los mejores abrazos del mundo. Me sentía contenida, escuchada. Me divertía. Nos reíamos y hasta me imaginaba una posibilidad con él.

 

No pasó.

 

Pero ayer lo recordamos. Compartimos todo eso y nos quedamos con una sonrisa en la cara (no lo vi, pero se los apuesto).

 

“¿Volviste a las andadas?”, me preguntó.

 

“Tengo más de un año sola, cariño. Ya me toca”, le contesté.

 

“Carajo”, dijo.

 

“Y es que si te encontré a ti, Jorge, tengo esperanza de que puedo encontrar a alguien más así de maravilloso”, le dije, con el corazón en la mano y las emociones a flor de piel.

 

No quise preguntarle de su vida, ¿para qué? No era el punto.

 

Nos mandamos muchos besos, nos prometimos recordarnos y guardarnos en un lugar especial del corazón y cada quién se fue a lo suyo… dejando el celular en el bolsillo.

 

Y aquí sigo… creyendo que es posible, hoy mejor porque lo recordé a él.

 



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