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¿Qué hacer cuando te enteras que con el que te ibas a casar… es un hombre casado?

¿Qué hacer cuando te enteras que con el que te ibas a casar… es un hombre casado?

No, esta no historia típica del hombre casado que conoce a una mujer y llora sobre lo mal que está su relación, sobre lo mal que lo trata su esposa y que jura que la va a dejar una y otra y otra vez. Todas hemos escuchado esa historia, ¿no? Esta es un poco distinta, porque el hecho de ser un hombre casado salió después de haber terminado la relación en cuestión.

Todo comenzó después de un evento que movió el piso y los corazones de millones de mexicanos, en el que al menos los habitantes de la Ciudad de México estaban hermanados, muy vulnerables. Y ahí entró el hombre en cuestión en la vida de la mujer en cuestión. Eran amigos de Facebook desde hacía años (ella nunca supo cómo llegó él a encontrarla) y conocidos desde niños. Nunca fueron compañeros de la escuela, pero compartían infancia, crianza e historias. Por eso para ella fue mucho más fácil confiar.

Comenzaron a chatear a la distancia, ya que viven en distintas ciudades, incluso de aquella donde crecieron. Una cosa llevó a la otra y cuando acordaron estaban ya enganchados. Compartiendo intimidades, planes y, lo que parecía, un gran amor. Él juró y perjuró ser la mujer que siempre había estado buscando, la mujer que más había amado en su vida. Y ella lo creyó.

Pero como los amores de esta época (y, supongo, de cualquiera), uno conoce al otro hasta que lo conoce. Hubo mucho bla-bla-blá que hicieron que ambos corazones se entregaran (disculpen la licencia cursi, pero así me lo contaron).

Se re encontraron en su ciudad natal, un diciembre. Compartieron besos, rincones e historias. En público y privado. Él conoció a una amiga de ella, tomaron café y se tomaron fotos bajo las luces de una plaza pública.

Y comenzaron los viajes para encontrarse. Y con ellos las promesas. Pero también las diferencias. Ella, muy tierra, necesitaba certeza y planes y él, buen aire, todo lo dejaba al último. Ella lo atribuía a que su forma de ser era así… testarudo y desordenado.

A este punto se preguntarán si hablaron de sus estados civiles. Ah, por supuesto que lo hicieron. No tengo claridad de en qué momento, pero lo hicieron. Él no era un hombre casado, es más, le dio dos razones a ella porque no se había casado, pero básicamente era que no era ni la persona ni el momento correcto. Hasta ella.

Sí, él le pidió que se casaran y ella dijo que sí. Sin prisas pues tenían mucho que resolver, para empezar la distancia. Él le dio varias razones para elegir la ciudad en la que habitaba y ella al principio se hizo a la idea de dejarlo TODO por él.

Claro, ella deseaba vivir una historia de amor y, supuestamente, tenían una gran relación. Y hay que subrayar supuestamente porque se llevaban bien hasta que peleaban. Ajá, peleaban. Ambos con temperamentos fuertes y él sin un gramo de negociación en sus ganas. Ahora también nos preguntamos, queridos lectores, ¿cómo puede ser una gran relación si peleaban tanto? Pues, ¿qué les digo? Así me lo contaron, así lo vivió ella.

Fue pasando el tiempo y él ponía pretextos para no verse, básicamente el trabajo. Pero nada parecía sospechoso, más allá de la gran terquedad de él de hacer las cosas como él quería y de ella, supuestamente de ceder.

Nota al pie: ella pasó de un extremo del péndulo de no aguantar nada y mandar todo al diablo a la primera o segunda a aguantar un montón de… cosas. Como que sus ni deseos ni necesidades fueran tomados en cuenta.

Así que ella empezó a cuestionar si esa relación era la que quería. ¿Valía la pena dejarlo todo por alguien que no podía ceder en nada?

Ya, ya sé, todos están gritando, ¿y los indicios de que él era un hombre casado? Bueno, seguramente hubo muchos que ahora ella se está recriminando no haber escuchado (“amiga, date cuenta”). Un cuadro en una pared y una cuenta de Netflix. Una dirección “que era para recibir” correos y así. Por supuesto: su negativa de compartir cosas en redes sociales. Pero nunca le pasó por la cabeza la idea de un hombre casado. ¿Por qué? Porque en las tres ciudades donde habían estado no se habían escondido. La casa de él no tenía ningún indicio de ser habitada por una mujer y, lo que más le pesa a ella para creerle a él (“amiga, date cuenta, decimos todos a la vez”) que hablaban todo el día, todos los días. Ella podría marcar a las 12 de la noche y hablaban por horas. O a las 12 de día o a las 8 de la noche.

La historia “oficial” y que ella vino a enterarse dos meses después de haberle dado las gracias, fue que son “un matrimonio” que viven en distintas ciudades.

Vaya usted a saber.

Esta mujer cambió el “sí me mudo contigo” a “te vienes tú acá” cuando él falló en demostrar ese amor. En estar ahí en las malas con ella. Falló como un mentiroso y falso. Como un bruto. Así que ella puso su distancia. Con el corazón herido pero la puso. Él juró que lo iba a resarcir y hasta le dijo que quería que se casaran antes de que se terminara ese año. Pero la confianza ya no volvió y los hechos de él demostraban todo menos interés. Suficiente razón para dejarlo por la paz y nunca pensar en otras intrincadas y macabras historias.

Así, ella se fue. Él, como podemos avisar, no luchó, no rogó, no demostró nada. También siguió su camino.

Y llegamos al día en el que en una plática casual entre amigas de la infancia salió el hecho de que él es un hombre casado. Y fotos.

Ella no daba crédito. A pesar de ya no estar con él, su corazón se rompió. Ese hombre que a pesar de todo había sido tan maravilloso en muchos sentidos, le destrozaba su historia. Basada en mentiras.

Su cabeza le explotaba. La presión le bajó. Estaba confundida y muy dolida. ¿En qué momento podría haber estado casado si ella vivió una historia real con él?

Y gritarán, ¿pero que ella no conoció a su familia? Pues no, esta fue otra de las razones por las que ella no se sentía cómoda. Ciertamente era complicado ya que las familias están regadas por todos lados, pero… ¿a nadie?

“Amiga, date cuenta.”

Ella, con la cabeza aún confundida, dice “no puedo imaginar que alguien haga algo así. ¿Qué hice yo para merecer esta mentira?” Así que le escribió. Él lo negó todo: es una historia demasiado retorcida, la “ex” está obsesionada con él y son photoshops. Nada es cierto de esa historia: no se casaron y evidentemente no era un hombre casado cuando estuvo con ella.

¿Ella le cree?

Las fotos de él con “su esposa” llegaban y ella pidió que paran. Que parara el tren. Que detuvieran esa historia, ya no quería saber. Es más, no quiso saber si era cierto o no. Había mil formas de averiguarlo y de hecho, intentó una pero se arrepintió. ¿Cuál sería la utilidad? Al final, ciertamente (y como él se lo dijo) ya no estaban juntos y no fue “esa” la razón por la que ella lo dejó.

Pero la traición, gente. Crap, la chingada y maldita traición. El engaño.

¿Qué hubieran hecho ustedes?

Ella decidió dejarlo todo en el pasado y tratar de hacer las paces con su propia historia. Aunque su loquero le diga que evidentemente es un hombre casado, algunos amigos y amigas. Aunque los indicios lo indiquen y aunque alguien muy cercano a él no lo haya negado categóricamente. Ella decidió dejarlo por la paz.

Porque no tenía que ver con ella en sí. Si él había decidido manipularla y engañarla así, no había sido la decisión de ella, ni sus acciones. Si no era así y había una persona inventando cosas, ¿a ella qué? Ya no le correspondía y mejor alejarse de alguien así.

Yo no sé si haya sido la mejor o peor decisión, ella sólo está buscando la paz en su corazón, no amargarse, no dejar que su corazón se cierre, no dejar de confiar en la gente.

Porque lo que hicieron los otros al final, es cosa de ellos. Aunque la hayan lastimado, aunque al final él negara todo pero nunca se disculpara por el dolor que le causaron “los supuestos chismes”.

¿La lección? Que el péndulo llegue al punto medio. A no ser intolerante pero a enfrentar esos indicios que dicen “que algo no está bien”. A poner altos más firmemente. A perdonarse en lugar de “pendejearse”.

Amiga, date cuenta. Aunque sea tarde, date cuenta. Y perdónate.



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