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Vivir sin prisa

Vivir sin prisa

¿Cómo vivir sin prisa?

Son las 5.40 am y ya se me hizo tarde. Es increíble cómo quedarme cinco minutos más en la cama puede moverme por completo el día.

A pesar de que ya no estoy trabajando de manera formal, dígase en una oficina, con un horario y con un jefe que vea que voy llegando tarde, corro todo el día: Para llevar a mi hijo a la escuela, renegar del tráfico, repartir mis actividades en las 5 horas que él está en el colegio, ir por él, llevarlo a sus clases, hacer ejercicio, limpiar casa, entrar al Facebook y chismear en whats (para qué lo niego), supervisar tareas, bañar niño, hacer cena, preparar todo para el día siguiente, desmaquillarme…¡Ufff! Y todo para ¡acostarme exhausta!, y volver a empezar el día cuando suena el despertador y ¡sí, otra vez se me hizo tarde!

Me imagino que todas estamos igual. Y es que vivir de prisa se hace un hábito. Un mal hábito. Es raro sentarse a comer con toda la calma y realmente disfrutar del sabor de la comida. Estamos paradas medio comiendo mientras servimos el plato de los demás, carrereamos a los niños para que coman y no lleguen a la clase de la tarde, a uno ya le dieron ganas de hacer popó y te paras por quinta vez y ahora tienes que regresar a comer después de limpiar colita y oler popó (jajaja). Obvio no tiene nada de placentera la experiencia.

Cuando voy con mi hijo a su clase de natación, veo cómo todas las mamás somos esclavas del reloj y de los pendientes. Estamos cargadas con la mochila del colegio, la maleta de la ropa de natación, la comida para ellas y los hermanos que van acompañando al que va a nadar, el celular, las llaves, etc, etc. Y se sientan a comer y a hacer tarea en la cafetería de la academia, comiendo en recipientes de plástico y comida fría, por aquello de que dónde lo calientas. Y sin juzgar, porque de verdad no lo hago, me pregunto: ¿Eso es vida? ¿Para nosotras y para los niños?

Me acuerdo que una vez una mamá me contó que trae en el carro un par de mesas portátiles para que los niños coman en el carro, y las pijamas por si ella sale tarde del trabajo y así, si llegan de noche a casa, de una vez la traen puesta. Repito, NO juzgo porque yo también vivo en un tris, enfrascada en el tráfico porque vivimos lejos de la escuela, pero me detengo a pensar si estamos haciéndolo bien. Vivimos en un mundo exprés, en que queremos todo rápido: comida rápida, pagos inmediatos, cero filas, vida digital.

Ya no disfrutamos cada instante de la vida… vivir sin prisa. No nos detenemos a saborear un helado o sentir el aire en la cara. Ver cómo llueve y mojarse ríendo a carcajadas. Ni idea a lo que sabe una comida de tres tiempos sin pararnos a atender a un hijo o contestar un mensaje de Whatsapp. Ni hablar de disfrutar una conversación sin que estemos metidos en Instagram, tomando una foto o posteando en Facebook. La vida nos pasa frente a las narices y ni lo notamos.

En eso envidio a los niños. Viven el aquí y el ahora. No piensan en la clase de mañana o en qué les traerá Santa Claus el año que viene. Viven el momento, disfrutan el día, juegan, experimentan, se embarran, sin importarles nada. Pero obvio, nosotros no les dejamos disfrutar el presente. Los traemos todo el día al borde del abismo, corriendo, transmitiéndoles estrés, y luego nos preguntamos el porqué de tantos problemas de falta de atención o ansiedad en los pequeños.

Yo vivo preocupada por el futuro: Por la vejez, porque creo que no me volverán a contratar en una empresa por la edad, por ahorrar, por pagar mis cuentas, por ¡todo! De verdad que es muy cansado. Y súmale el ritmo del día, acabo muerta. Obvio con tal acumulación de cansancio y aceleración, no tengo inspiración, no fluyen mis ideas, no sé ni qué quiero y estoy muy de malas. ¿Cuál es el caso?

¿Porqué no me doy permiso de detenerme? De vivir sin prisa. Los días de vacaciones escolares, en que no tengo que levantarme temprano para salir corriendo a la escuela, me siento mal, culpable de abrir el ojo después de las 8.00 am, cuando a esa hora ya hay miles de personas trabajando.

La conclusión de todo lo anterior, es que nos demos chance de una pausa. Yo sé que es imposible ir por la vida como “Don Ferruco en la Alameda” como dicen las abuelas, pero, ¡por Dios! Un respiro para poder llevar una vida no tan acelerada. Disfrutemos cada cosa que hacemos, los aromas, los colores de los árboles y las flores en la calle, el sabor de cada alimento que probamos. Dejar de sentir culpa porque nos sentamos en el sillón a leer una revista nada inteligente o porque nos levantamos tarde…

Ama el momento, vive el presente, respira el aquí y ahora. El tiempo se va y no regresa. NO REGRESA.



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