¿Y la empatía?

Foto por Priscilla Westra

Por: Lore Reyes 

En estos meses he atravesado por varios cambios personales, no sé si es la edad que te vuelve más sensible a todo y al mismo tiempo te hace una piel más gruesa. Y es que algunas situaciones que parecen triviales y hasta tontas me hacen sentir tan frágil y vulnerable y otras tantas en las que de verdad me sale la fiera que todos guardamos dentro.

En cualquiera de las situaciones, por lo general buscamos ayuda o apoyo de nuestra gente más cercana, sea familia, amigos o pareja y es cuando me doy cuenta de que somos cada vez menos empáticos. Criticamos, nos ponemos en postura de sabelotodo, nos burlamos, los tachamos de exagerados, ¡hacemos todo! menos hacerlos sentir queridos, entendidos y apapachados.

Por ejemplo, a mí me han criticado mucho en mi labor como mamá (seguro a todas nos ha pasado): Porque come, porque no come, porque es muy inquieto, porque lo regaño y también porque no le digo nada. Lo peor de todo es que la mayoría de las veces me critica gente que no tiene hijos, y que no sabe lo que es un día a día con un niño de 5 años y con una energía brutal. Y no por ponerme en plan de mártir, pero de verdad trato de elegir mis batallas porque si no lo hago, me la pasaría peleando con él, y no es vida para ninguno. Finalmente mi hijo es un niño educado y bueno y a pesar de mis desaciertos, es feliz, así que de vez en cuando escuchar que lo hago bien sería lindo.

Yo confieso…

¡Por supuesto que también he criticado a muchas mamás! No crean que soy una santa. Cuando sus hijos no se sientan en un restaurante o lloran sin parar, o cuando ellas les gritan a todo pulmón enfrente de todos valiéndoles gorro quién esté. Yo también soy poco empática y no me pongo a pensar que seguramente no ha sido sencillo lidiar con ellos. ¿Qué hago? Criticar, decir que cómo es posible que no le ponga límites a esos chamacos de porra, que yo en su lugar ya le hubiera puesto un “estate quieto”.

Foto por Priscilla Westra
Foto por Priscilla Westra

Tengo una amiga que acaba de separarse de su marido. Obviamente no ha sido fácil el proceso, y cuando me cuenta cómo ha sido todo, muchas veces le digo: “¡No seas tonta! No le digas eso, mejor dile aquello”, “Ya amiga, ya no le des energía”, “Verás que es mejor así” ¡O sea! Nunca me he detenido a pensar lo que REALMENTE está sintiendo, y me remito a decir lo que nos enseñan a decir, así como cuando alguien muere y solo decimos “lo siento mucho”. En lugar de eso, yo debería preguntarle cómo se siente, qué necesita, abrazarla, llevarme a su hijo un día para que ella descanse, en fin… algo que de verdad le ayude a sentir mi apoyo. No reprocharle cosas como si fuera su culpa o hacerla sentir aún más mal.

A mi mamá –como a todas nuestras mamás– ya no le es tan sencillo comprender la tecnología y cuando “se atora” con algo o nos pide que le ayudemos con el whatsapp, con la tablet o con la misma televisión, nos morimos de risa, le hacemos bromas, y si nos interrumpe en algo para ayudarla no se salva de un ¡assshhh! Pero la verdad es que no nos ponemos a pensar que se esfuerza mucho por entender (hasta hace sus notas para que no se le olvide) y que tampoco somos ultra masters en el tema.

A lo que voy con los ejemplos anteriores, es que siempre que vemos las cosas desde afuera les damos una dimensión poco justa y pensamos que nosotros lo haríamos mejor, resolveríamos mejor o simplemente no nos pasaría. Nunca estamos conformes con nada y somos feroces al hablar de los demás.

Es mucho más fácil hablar mal que hablar bien de la gente. Pocas veces decimos algo bueno o le reconocemos frente a frente lo bien que lo hace, lo mucho que lo intenta o que estamos orgullosos de sus logros.

Damos por hecho que es su obligación, que así debería ser y pasamos de largo el reconocimiento, el apapacho, la palmada en la espalda. Y así pasa con nuestros hijos, en la oficina, con la señora que nos ayuda en la limpieza, con nuestros hermanos, nuestras amigas.

Si vemos a alguien que bajó de peso, decimos que seguro se operó. Si la promueven en la oficina seguro es porque le gusta al jefe. Si un niño es bueno en algún deporte decimos “¡Pues hasta que es bueno en algo, porque es súper berrinchudo”… y así la larga lista. ¿No sería más sencillo y amable aceptar y decirlo? ¿Cómo cambiarían las cosas y el mundo si dejáramos de lado los juicios y la dureza de éstos?

¡Por eso nos cuesta tanto trabajo aceptar un cumplido! Porque estamos muy poco acostumbrados a escucharlos. Si alguien me dice: “¡Oye pero qué guapa eres!”, de inmediato mi mente (y mi boca) dicen: ¿YO? ¿Es a mí a quien le hablas? Y si alguna vez me dijeran “Lorena, eres una excelente mamá”, les juro que sería una gran sorpresa, porque jamás lo he escuchado.

Así que les invito y me invito a tratar de cambiar ese switch juzgón y ser más amables con la gente de su alrededor. Empiecen por sus hijos. En lugar de decirles: ¡Siempre te tardas! ¡Ve nada más qué fachas! ¿No pudiste sacar mejor calificación? ¡Tienes que ir al karate! Enfóquense en lo bien que dibujan, en lo querido que es la escuela, en que siempre ayuda a su hermano, ¡en fin!, en lo bueno que seguramente tiene.

Hagan la prueba, de reconocer y decirle una cosa buena al día a la gente que aman. Y me cuentan.

Un comentario sobre “¿Y la empatía?

  1. Excelente!!!! Nada de empatía en nuestra sociedad, nada de tolerancia, andamos enojadados por la vida, pasando los días como zombies y viendo siempre el lado negativo de la moneda.

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