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APOYANDO A MI EQUIPO, EN LA PORRA CONTRARIA

APOYANDO A MI EQUIPO, EN LA PORRA CONTRARIA

La primera vez que fui al Estadio Azteca fui a ver jugar al América contra el Boca Juniors. Yo iba con un amigo mexicano y un grupo de argentinos. El estadio estaba lleno, tanto, que, como llegamos tarde, no alcanzamos lugar. Nos quedamos parados por ahí un rato y al final (ante el triunfo del equipo sudamericano) nos fuimos antes de que saliera el tumulto de personas. Obviamente los argentinos festejaban poco discretamente.

Muchos muchos años después de ese encuentro, regresé al Azteca, hace, también ya muchos años. Pero hoy lo quiero recordar.

Quienes me conocen saben muy bien que no sé nada de deportes y que si me paro en un estadio o cancha, es porque algo bueno sucedió: tengo chamba en el torneo (LPGA, por ejemplo) o alguien me invitó y no pude decir que no.

Ahora no fue la excepción.

Todo comenzó un día antes del encuentro mientras chateaba con mi amiga Elo. Antes eterna viajera, vivió un tiempo en Honduras en donde hizo buenos vínculos de amistad que a través del tiempo me ha heredado de alguna forma. Los extrangias vendrían a apoyar a su selección y les sobraba un boleto, “¿quieres venir?”, me preguntó… y no pasaron ni 2 segundos antes de obtener mi respuesta: “Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii…”

La verdad es que lo poco que conozco de futbol tiene que ver con la selección nacional (y no cuenta para nada, que alguna amiga conoce de cerca a un par de integrantes del equipo, nononono, no confundir, si nosotras nunca hablamos de hombres). Así que sonaba a un plan: miércoles por la noche, estadio al sur de la ciudad, amigos viejos y nuevos… lluvia… mucha lluvia, largas distancias y hartos hombres guapos, ¿qué podría salir mal?

Con mi enorme ignorancia de plano pregunté si “íbamos del lado de los hondureños” o cómo era el asunto, pues en alguna ocasión (y casi por error) he visto que como que todos se juntan en un cachito del estadio, ¿o no? Se ven las playeritas parejitas parejitas, del mismo color, entonces así segurito debería de ser. Pues sí, hay un lugar “exclusivo”, para el equipo visitante.

Después de un largo trayecto bajo la lluvia, me encontré con mi amiga al sur de la ciudad, sólo que íbamos todavía más lejos. Entre llamadas de los extrangias y un tráfico abrumador, no nos quedó más que asimilar que seríamos presionadas por ansiosos visitantes que tenían horas afuera del estadio… esperando por nosotras (ajá… esperando por los boletos).

Una de esas llamadas terminó con algo parecido a un chantaje, “estás jugando con nosotros, Elo”, dijo Nicolás en tono francamente molesto. Yo, mientras, mordía una manzana y me ponía de acuerdo con el vendedor de impermeables, “¿de a cómo, joven?”

Íbamos listísimas para el encuentro. La lluvia nos haría los mandados y nosotras traíamos los boletos… y la razón, claro, ¿para qué adelantarse y ponerse necios en llegar cinco horas antes del encuentro? ¡Hombres! Por supuesto, ante sus ojos yo era la culpable por haber cruzado la ciudad entera y haberme demorado al hacerlo y, obvio, Elo, por insistir en que llegáramos juntos. Pero mi amiga tenía un punto…

Por fin vimos el “coloso” (qué cagada palabra) y… cero estacionamiento. Cientos de coches se amontonaba hacia algún lugar, nosotras nos dejábamos llevar. “Segurito hay lugar allá adelante, mana”… Varios hombres se nos acercaban y nos ofrecía “lugares”, lo que nosotras pensamos en un principio que eran lugares dentro del estadio. Oh, no… nada que ver. Los vecinos rentan sus cocheras y banquetas a los pamboleros que con tal de presenciar el encuentro deportivo, pagan 80 pesitos. Buen negocio, ni qué decir. Así fue cómo Jesús, un jovencito de unos 18 años, nos dio buena espina y decidimos que podía treparse a la parte lateral de la camioneta y señalarnos nuestro estacionamiento, justo frente a su hogar.

Finalmente ya estábamos en camino, literalmente. Más llamadas a los extrangias, nos veríamos en la entrada 8. Obviamente nosotras no teníamos la más remota idea, por lo que pasamos por la entrada “de Insurgentes” y buscamos “la rampa 8”, como nos indicaron los responsables de recibir los boletos. “¿Qué ves?”, preguntaba Elo. Una escultura de metal. Ah, caray, pues aquí no hay ninguna. “Joven de ojos y sonrisas cautivadoras, nos podría indicar si hay otra entrada. ¿En Tlalpan? ¿Del otro lado?” Total, pobres extrangias, no podemos desampararlos.

Rodear el estadio fue todo un descubrimiento, ¡cuántos hombres guapos, caray! De haberlo sabido antes, hasta me compro la playera de la selección. Digo, para estar bien en la ondita.

Activaciones BTL, sala de prensa, don guapo 1, 2, 3, 4. Caray, tengo problemas, seguro que este no llega ni a los 20. “Buenas tardes, don peluca de tres colores”… no, pues si el recorrido fue un descubrimiento. Elo y yo estábamos como niñas en dulcería, ¿extrangias?, ah, pues por ahí deben de estar.

Finalmente llegamos a la entrada. Quien conozca el estadio Azteca y haya asistido a un encuentro de la Selección Nacional, sabrá que encontrarse en este lugar no es tan fácil como parece. Mucha gente, mucho espacio dónde perderse.

Vimos una cosa que bien podría pasar por una escultura de metal, ¿qué no? Es como una nave espacial negra, fea fea fea, pero escultura. “¿Dónde estás? ¿En tu derecha o la mía?” Sí, cual Rudo y Cursi. Ah, y hablando de Rudo y Cursi, neto que diosito sí me quiere. Por tercera vez en mi vida me topé al director de esa película y en ese entonces pensasba, potencial dueño de mis quincenas, Carlos Cuarón. Bueno, según yo era él. Me cae que así sí me gusta el futbol.

Como se podrán imaginar… estábamos en la entrada equivocada, por lo que tuvimos que retornar nuestros pasos, con todo y ganas de ir al baño y no del mejor humor posible. Yo iba forrada como oso polar, “no, no me vuelvo a enfermar” y para este momento ya sudaba de tanta caminadera. “No amiga, haz de cuenta que fuimos al gimnasio”, me decía Elo.

El cielo casi se iluminó cuando los vimos… los muchachones nos esperaban. Ambas partes queriendo matar a la otra.

Así, nos encaminamos a lo que, según yo sería un encuentro amistoso y tranquilito. Total, ¿qué puede pasar si estoy en la porra del equipo contrario?

El partido comenzaría a las 8 y nosotros entramos faltando cinco minutos. Era raro que hubiera muchos policías por ahí y que todos estaban vestidos de blanco con azul… total, pensé yo, así se ve en la tele.

Mi amiga y yo, como buenas chaparras somos, nos pusimos hasta el frente, donde había mucho lugar, todo junto al famoso Nicolás, un guerote ruidoso y que armó la porra de Honduras todo el encuentro.

Justo ante nosotros había una reja y un par de granaderos, además de personal de seguridad del estadio. Elo y compañía se prepararon con sendas cervezas de a 60, baras baras, y sus cigarros. Yo, con cámara en mano, no podía parar de tomar fotos.

El estadio estaba casi lleno. La gente sonaba francamente animada, era como un rumor extraño… sí, un rumor deportivo, desconocidísimo para mí. La playera del hombrecito que se sentaba justo en la última fila del lado “mexicano”, me llamó la atención y sólo pude pensar “tan feo el Cuauh”.

Unos minutos después, varias hormiguitas sacaron las banderas de los países y creo que se entonaron los himnos nacionales. Digo que creo porque el sonido estaba de la patada y sólo escuchábamos un brrr bbbrrr brrrr, muy parecido al de la maestra de Mafalda.

Elo llevaba una banderita de México debajo de la blusa y yo, a esas alturas, ya casi estaba afónica de lo alto que tenía que chismear con mi amiga. Sobra decir que esos cuatro ojos femeninos recorrieron lo más cercano para reconocer el terreno. Ah, con que esto es el futbol.

Inicia el partido. Ah, ira, que cuadradísima se ve la cancha, veeerde verde. Aburrido… aburrido. Zzzzzzzzzzzzzz…

No fue el mejor partido que ha dado México, pero yo seguía entretenida, sobre todo con Nicolás y sus porras “¡¡¡¿A qué vinieron, hijos de puta? Honduras, Honduras!!!”, animaba a todos y sí, lo seguían gritando con ganas. Los vecinos mexicanos preferían divertirse mentándonos la madre a cada oportunidad y Elo y yo que no sabíamos ya si éramos de acá o de allá. Rarísimo.

Pasó todo el primer tiempo y lo más trascendente fueron las agresivas mentadas de madre de los mexicanos a los catrachos. Para hacer honor a la verdad, los paisanos dejaron ver una vena más agresiva en las tribunas. Por ahí luego leí que alguien rompió un cristal de los cuartos y no sé qué más, pero lo que se vivió en tribuna fue eso.

Don policía, vestido con chaleco antibalas, casco y escudo de granadero, nos cuidaba de cerca, a mí me late que se las sabe ya de todas todas. Un chamaquito flaquito la hacía de seguridad y él nos contó que la verdad es que sí han reforzado el asunto porque las cosas se han puesto “feas” en algunos partidos anteriores.

Yo me preguntaba cuánto podría hacer ese joven ante una multitud con ansias y actitudes más animaloides que humanoides. Aunque suene feo, así es. Ok, reconozco que me falta la sangre futbolera y que no grito como se debería (quizás haya sido lo “emocionante” del partido), pero me dediqué más a observar todo lo que sucedía a mi alrededor en lugar de estar al pendiente de lo que sucedía en la cancha… total, ni las piernas se aprecian desde acá.

Entre todo lo que pensé estaba: ¿cuánto se meterán de lana por cada partido? Imaginen, nuestros boletos nos costaron 400 pesos… ¡400!, por… miles y miles de sólo esa zona, más los de más abajo… échenle suma y verán que es una cantidad ridícula. Obviamente los gustitos para comer se llevan otro tanto: que si la sopita Maruchan, los cacahuates, la pizza Dominos, las papas Barcel, la chela de a 60, las aguas que parecen recogidas por monjas ciegas en un convento de los Alpes Suizos, los cigarros y demás monerías. Sin contar con los atuendos oficialmente piratas que se distribuyen en todo el estadio. Money, Money, Money. Uta, a ver cuánto dura el gustito, yo pensaba, pues esta mañana anunciaron más impuestos ahora “porque el niño se nos ahogó y la clase media se chinga” y luego quesque ya tenemos terroristas secuestra aviones en el país. Hasta parecemos país de primer mundo, con todo y aeronaves secuestradas.

En esos pensamientos estaban cuando… ¡penal! Ay nanita. Los changos (no puedo llamarles de otra forma) de enfrente comenzaron a ponerse rudos con nosotros. “Ahora sí, hijos de puta, se la van a pelar”, gritaban mientras aderezaban tan fina expresión con movimientos extraños con sus deditos. Quién sabe qué habrán querido decir.

Esto se va a poner bonito, pensé. Así que saqué la elocámara y prendí. Lista para anotar… digo, para disparar. Dicen que fue Cuahtémoc Blanco el del gol, no supe bien, sólo logré tomar imágenes de estos señores comenzando la agresión. Se aventaban contra las rejas, gritaban, mentaban la madre… y fue cuando empezaron a volar objetos no identificados e identificados sobre nosotros. Una lluvia de cerveza nos cubrió, botellas de Coca oCla llenas de agua volaban, ¡hasta desodorantes vi caer! Sólo sentí que mi amiga detuvo mi instinto reporteril y me jaló hasta abajo, detrás del escudo protector de oh, san don-poli-granadero. Pasaban los segundos y ni a quién le importaba lo que sucedía en la cancha, aquí, lo de hoy lo de hoy, era chingar a los hondureños, ¡carajo!, que no me ven la cara de mexica. Pero ahí estábamos mi amiga y yo, haciéndonos más chiquitas detrás del valiente morenazo que nos cubría sin moverse mientras sus compañeros quién sabe qué harían. Elo y yo, nos tomábamos fotos y sentíamos cómo nos caían gotas de cerveza de los vasos de a 60 pesos.

Extrangias estaban empapados, sus cabellitos escurrían mientras, sentados, no sabían qué hacer. El güero se quería madrear a algún paisano y el gemelo de Raúl Mejía (Buenas Tardes), le hacía segunda.

El partido continuaba, pero sí, la emoción estaba aquí y yo en medio de todo.

Poco a poco regresaron a los suyo los amables agresores y el personal de granaderos nos subieron gradas más arriba. Entre más lejos, menos los alcanzan. Estábamos rodeados por miembros de seguridad y granaderos que con sus escudos no dejaban a nadie entrar o salir del pequeño guetto centroamericano en mi propio país. Por ahí otro paisano, con playera de la selección, nos topó. “¿También eres cancha neutral”, preguntó Elo. Y nos contó que su novia y suegra eran hondureñas, por eso estaba ahí.

Fin del partido. Ganó México. Sí, mi amiga y yo estábamos contentas. Los cientos de hondureños no tanto, ¡tan caro el viaje y para esto! Hablaban de un tal Rey David que nomás no había hecho nada y al final reconocieron que habían jugado tan mal, que ni había valido la pena mentarle la madre a los locales.

Por supuesto tuvimos que esperar un rato para salir, siempre rodeados. Cuando nos dieron luz verde, tuvimos que ir casi en fila india, ¡que yo me sentía como en desfile de circo por las calles!

De ambos lados nos flanqueaban los granaderos y todo mundo hablaba con tonito extranjero. Las mentadas de madre y más objetos voladores seguían cayendo. Así llegamos hasta los autobuses de las agencias de viajes. Éramos pocos los que quedamos abajo. Todo el tiempo efectivamente custodiados por los granadero.

Nosotros tendríamos que regresar y encontrar dónde demonios vivía Jesús, dónde estaba la elo-movil y Nicolás sólo decía… “No, es que nos van a linchar si nos vamos por el estacionamiento”.

Como soy muy valiente, lo tomé del brazo y le dije: no te preocupes, vienes conmigo. Entre charcos, ropa manchada y cabello aderezado con cerveza, dejamos el estadio Azteca atrás.



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