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¿Qué significa ser mujer?

¿Qué significa ser mujer?

Arrancó la nueva temporada del Podcast ¡Qué Lata! con un episodio y un título provocadores: ¿Ser mujer es una condena?

¿Qué crees tú?

Te dejo el episodio para que lo escuches pero también puedes leer lo que yo creo… Eso sí, creo que es mucho más completo si escuchas todo completo.

 

Listen to “¿Ser mujer es una condena? Tem. 2 Ep. 1” on Spreaker.

 

¿Ser mujer es una condena?

 

¿Por qué empezar esta temporada con esta frase tan provocadora? “Ser mujer es una condena”. Y miren que no estoy segura de ponerlo como pregunta y más bien hacerlo como una afirmación.

Pero… Una condena de qué? Bueno, depende desde dónde se elabore esta pregunta, de la edad del preguntante y de varias condiciones sociales, culturales, económicas, de estilo de vida.

Si nos vamos a la revisión de referencias culturales, ser mujer antes del siglo XX era algo así como ser “un objeto de estudio”… ooooo, solo objeto.

Los hombres eran los que nos pintaban, nos describían en la literatura, los que definían básicamente lo que éramos lo que hacíamos, cómo nos comprtábamos y cómo nos veíamos en ese entonces y en la posteridad.

 

La historia de las mujeres mismas, cómo nos vemos y los lugares que ocupamos, ha estado marcada por hechos diversos, por personajes, hombres y mujeres, que han trabajado por cambiar la realidad… o por defender el statuos-quo de la época que sea. ¡Que nada cambie! ¡Que todo cambie!

 

Pero la condena viene desde más atrás, podemos encontrar pistas en la biblia…

 

Alicia Ortiz, terapeuta en consciencia y desarrollo personal.

Recuerdo un capítulo del libro La suma de los Días de Isabel Allende que se llama “¿Quién quiere una niña?”, ¿lo han leído? En el libro, Isabel habla de su vida, o sea, no es ficción, digamos que es la segunda parte de Paula. Ahora, le escribe a su hija lo que ha sucedido desde que murió. En el episodio, Isabel recuerda un viaje que hizo a la India, en particular a una zona rural. Describe a un grupo de trabajadores, hombres y mujeres, que cargaban piedras en canastos. Ellas, eran de segunda clase y ganaban la mitad que los hombres. También les servían los alimentos y, ya que ellos terminaban, comían las sobras. En su camino más hacia… ya no me acuerdo dónde, encontraron un grupo de mujeres y niños debajo de un árbol. Isabel y su amiga se bajaron e interactuaron con las mujeres, que las miraban y tocaban curiosas, admirando sus ropas, joyas, cabello. De ese grupo de mujeres surgió la historia que me hizo no querer ir a la India. Quizá fue la que hizo un “clic” en mi cabeza y con la que comenzó una transformación dentro de mí.

 

Cuando Isabel y su amiga ya se retiraban del grupo de mujeres, una le tocó la espalda para que se detuviera. Entonces le ofreció un paquete. Leo exactamente lo que escribió Isabel: “Era muy liviano, parecía solo un atado de trapos, pero al abrirlo vi que contenía un bebé recién nacido, diminuto y oscuro. Tenía los ojos cerrados y olía como ningún otro niño que yo haya tenido en los brazos. Un olor acre de ceniza, polvo y excremento. Lo besé en la cara, murmuré una bendición y quise devolvérselo a la madre, pero en vez de recibirlo, ella dio media vuelta y corrió a juntarse con las demás, mientras yo me quedé allí, meciendo al crío sin comprender lo que sucedía”. Un momento después, Sinder, su chofer local, llegó gritando que lo soltara, no podía llevárselo, estaba sucio, y entonces se lo arrebata de los brazos y va y quiere entregárselo a las mujeres., ellas no lo reciben, por lo que Finalmente él lo pone en el suelo y se marcha. El marido de Isabel en ese entonces, Willie, le pregunta al lugareño por qué esa mujer quería darles a su bebé y el hombre explica: “Era una niña. Nadie quiere a una niña.”

 

En la entrega de los premios Oscar de 2019 un grupo de mujeres se subió al escenario a recoger su estatuilla: habían ganado con un cortometraje sobre la menstruación. De hecho, la directora Rayka Zehtabchi lo dijo: “No puedo creer que una película sobre la menstruación acaba de ganar un Óscar”.

 

Pero, ¿qué tiene de especial hablar de la menstruación? Es más, ¿por qué habríamos de hablar de algo tan “íntimo”?

 

Si no han visto el corto, que de hecho encuentran en Netflix, les voy a arruinar un poco la historia, pero aquí va: trata de todas las discriminaciones que sufren las mujeres en India, otra vez India, por ser menstruantes. No solo las discriminaciones sociales y religiosas, también las carencias económicas en las que viven las hacen recluirse porque no tienen productos para gestionar sus periodos de sangrado. Entonces: durante sus menstruaciones se quedan en casa porque les da vergüenza manchar la silla de la escuela o del trabajo, pero tampoco pueden asistir a los templos porque en esos días las mujeres son impuras.

 

Ser mujer es una condena, y no lo digo yo, la UNICEF escribe en su sitio web: Desde ataques de tiburones hasta volverte estéril por ducharte: la menstruación puede ser la peor de las pesadillas… si crees en los mitos. Por ejemplo, en Nepal cuando una mujer menstrúa, tiene que ser enviada a una cabaña especial o bien, dormir fuera, porque menstruar es considerado como algo sucio. Otras creencias comunes son que si estás “en tus días” puedes echar a perder los alimentos con solo tocarlos o que si nadas en el mar cuando estás sangrando, te atacarán tiburones…

 

Entonces desde el punto de vista biológico: ser mujer es una condena.

 

Al norte de Ghana hay un pueblo en el que se “encierra” a ciertas mujeres que sufren de algún trastorno emocional, son viudas o que tienen algún síntoma característico de la menopausia. A esas mujeres se les ha declarado como brujas y han sido expulsadas de sus comunidades. En febrero del 2020, Tracy McVeigh y Robin Hammond hicieron un reportaje sobre este pueblo en The Gardian. A esa fecha, vivían alrededor de 80 mujeres en Kukuo, la aldea de las brujas a donde llegan con solo las ropas que llevan puestas.

 

Adamu Mahama tiene 63 años y fue confinada a ese pueblo después de que su primogénito muriera en un accidente de moto luego de haber discutido con ella. Ese fue su pecado y tenía que pagar por él. Haberle provocado la muerte por esa discusión. No solo está sola en esa comunidad, tampoco pudo llevar su duelo de manera digna, el duelo de haber perdido a un hijo. Otra mujer, Zinaba cuenta que ella está en este lugar porque sufre del mal de “olvidar las cosas”.

 

Mujeres excéntricas, mujeres con alguna condición mental o simplemente mujeres que no se quedan callas van a vivir ahí, en pleno siglo XXI.

 

“En sociedades donde la edad es más valorada y una mujer con la edad se convierte en sabia, los síntomas de la menopausia son significativamente menos molestos. En donde ser mayor no es bueno, muchas mujeres relacionan la menopausia con vejez y los síntomas pueden ser mucho peores, incluso, devastadores”, afirma a Reuters la doctora Mary Jane Minkin, profesora de ginecología, obstetricia y salud reproductiva de Yale.

 

¿Les pasa eso a los hombres? La respuestas es: no.

 

Entonces, ¿es reconocida esta condena a nivel internacional, como algo real? ¿La condena hacia las mujeres es algo reconocido?

Entre todas esas condenas, que estmos viendo que no es solo una, está una de la que seguramente has escuchado… el acoso y la violencia. ¿Ser mujer nos condena a sufrir violencias?

 

Este tema del acoso y la violencia, es algo que nos une; tristemente nos une. Recuerdo ahora un capítulo de la serie Sex Education en el que un grupo de jóvenes están castigadas debido a sus constantes confrontamientos y la autoridad de la escuela les dice que no saldrán del castigo hasta que concilien sus diferencias. Para esto, tienen que encontrar similitudes, puntos de encuentro. ¿Y saben cuál es la única coincidencia que encuentran? El acoso. Todas han sufrido acoso sexual de algún tipo. Tristemente estas historias nos unen.

 

Después de oír todo esto, nos cae el veinte y pensamos “no, pues sí, está todo bien mal”. “¿Qué esperanzas hay?”

 

Falta tanto…

 

Y… en serio, ¿Hay esperanzas? O… ¿en realid ad sí estamos realmente condenadas?

 

¿Ser mujer es cargar con esta lápida de condenas?

 

La pregunta que me hago a mí misma y que les hago a ustedes, escuchas es: ¿qué podemos hacer para terminar con la condena o, como dice Rebeca, que no nos determine, que no sea una condena?

 

Si bien las mujeres sí llevamos un estigma histórico que vamos cambiando en distintas olas, poco a poco y con voluntad de todas y todos, no nos determina hacia futuro.

 

Hay que hablar, hablar, hablar… normalizar nuestros procesos biológicos como la menstruación, la sexualidad bien disfrutada, el envejecer como un proceso natural y no como algo tan malo que se tiene que evitar a toda costa; hablar y ver a la menopausia no como una enfermedad sino como parte de la vida…. Exponer nuestras opiniones y escuchar a las mujeres.

 

Los grupos de mujeres unidas por la igualdad tenemos mucho trabajo por hacer pero también generaciones y generaciones anteriores a nosotras han logrado grandes cosas para que nosotras hoy, tengamos menos condenas. Quiero que se note que hasta el momento he evitado la palabra feminismo pero es justo de lo que estoy hablando. El feminismo tiene muy mala fama y se cree que el es pintar paredes y destruir monumentos cuando el feminismo es un movimiento social pro derechos e igualdad.

 

Las distintas condenas han dejado de ser condenas, unas, y otras dejarán de serlo. Porque hay muchas mujeres y hombres que poco a poco o muy rápido, hemos abierto los ojos a que el ser mujer no sea igual a ser ciudadana de segunda… porque no queremos que nos pongan en una caja de zapatos y nos regalen o que nos condenen por locas o brujas simplemente porque tenemos una opinión, pasamos por procesos biológicos o sufrimos depresión o hasta un bochorno.

 

Ser mujer puede ser una condena, sí, pero también puede dejar de serlo.

 

Soy Cris Mendoza y esto es ¡Qué Lata!

 



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